Una iraní camina junto a un mural antiestadounidense en una calle de Teherán, Irán, el 4 de mayo de 2026. (EFE/EPA/ABEDIN TAHERKENAREH). / ABEDIN TAHERKENAREH
Por Dr. Fulgencio Severino
La actual confrontación entre Estados Unidos e Irán, producto de la agresión injustificada de EU e Israel, no puede entenderse únicamente desde la narrativa oficial de seguridad internacional. Diversos análisis geopolíticos coinciden en que el conflicto responde a una combinación de intereses estratégicos, económicos y de poder global que van más allá de un solo factor.
En primer lugar, el control de los recursos energéticos —particularmente el petróleo— sigue siendo un elemento central en la política internacional. El Golfo Pérsico concentra una de las mayores reservas del mundo, y representa el 20% del comercio mundial, 30% del gas y 30% de fertilizantes, entre otras materias primas y es parte directamente en la estabilidad económica global. Limitar el acceso o encarecer el suministro puede impactar tanto a economías emergentes como a potencias rivales.
En segundo lugar, las grandes corporaciones energéticas desempeñan un papel determinante. El incremento de los precios del petróleo en contextos de tensión geopolítica ha estado históricamente vinculado a aumentos significativos en sus ganancias. Según Oxfam las empresas petroleras, Chevron, Shel, BP, Total Energies, Exxon y Conoco Phillips obtienen de ganancias 37 millones cada segundo y proyectan de ganancias para el 2026 de 96 mil millones de dólares. Toral Energie obtuvo ganancias de 2900 millones de dólares en el primer trimestre y BP incrementó sus ganancias en el primer trimestre en más de 453%, según Francia 24. Este fenómeno plantea interrogantes legítimas sobre la relación entre conflictos armados y beneficios corporativos.
El comportamiento de gobiernos de actuar a favor de las corporaciones empresariales y en detrimento de su pueblo está relacionado con el financiamiento de las campañas electorales. Oxfam en su informe sobre desigualdad 2026 señala que las corporaciones financian las campañas electorales y a cambio obtienen de gobiernos y congresistas electos financiamiento, contractos, leyes y políticas públicas que le permiten incrementar sus riquezas y generando mayores desigualdades.
Asimismo, la política interna estadounidense refleja una creciente influencia del financiamiento privado en los procesos electorales. Esto condiciona, en muchos casos, las decisiones de política exterior, alineándolas con intereses económicos específicos más que con el bienestar general. Esta guerra tiene mucho de la actual administración de Estados Unidos de beneficiar a las empresas petroleras, que están entre las mayores financiadoras de su campaña electoral.
Igual ocurre en Europa, es visible que esas corporaciones son también del Reino Unido y Francia, donde también financian las campañas de esos gobiernos.
Aunque esa guerra afecta a todos los pueblos, sean estos de países productores o no de petróleo, por los altos precios de los combustibles y su impacto en todas las demas áreas de la producción y la economía y por lo tanto en los bolsillos de la población, a los gobiernos controlados por las petroleras no les importa la crisis actual y solo pondrán fin a la guerra cuando las corporaciones se llenen los bolsillos y griten que ya no quieren más.
Otro elemento clave es la competencia estratégica con China. Estados Unidos percibe el crecimiento económico y tecnológico chino como un desafío a su hegemonía global. En este contexto, las tensiones en Medio Oriente pueden interpretarse como parte de una estrategia más amplia para influir en el acceso energético de su principal competidor. Aunque EU ha estado en guerra permanente contra china, comercial, arancelaria y de limitar acceso a materia prima y productos fundamentales para la tecnología no ha podido quebrar el gigante asiático y la guerra contra Irán, tampoco tendrá los objetivos estratégicos de frustrar el crecimiento progresivo de china, pues este país tiene una gran reserva estratégica de petróleo, 1.4 millones de barriles, una gran diversidad de fuente energética, siendo la de petróleo menos del 20% que puede suplir de diversos productores sin mayores dificultad.
Por otro lado, la relación con Israel introduce una dimensión adicional. La alianza histórica entre ambos países responde a intereses geopolíticos compartidos, aunque también genera tensiones en la región y contribuye a la complejidad del conflicto.
Las consecuencias de estas dinámicas son profundas: aumento del costo de la energía, presión sobre economías dependientes de importaciones, deterioro del poder adquisitivo de las poblaciones y mayor inestabilidad global. Mientras tanto, ciertos sectores económicos obtienen beneficios extraordinarios.
Son los intereses de las corporaciones petroleras las que están determinando la guerra de Estados Unidos contra Irán, igual ocurrió en 1973.
Mientras las corporaciones empresariales determinen quien gana o pierde una elección por sus aportes económicos a las campañas de sus candidatos y partidos, el voto es solo un acto simbólico y las decisiones de gobiernos de todo el mundo serán determinadas por los intereses empresariales.
Lo que sí resulta evidente es la necesidad de fortalecer mecanismos internacionales que prioricen la paz, la cooperación y el desarrollo sostenible por encima de intereses particulares. Sin ello, los conflictos seguirán reproduciendo ciclos de inestabilidad que afectan principalmente a las poblaciones más vulnerables.
En conclusión, la guerra no es solo un fenómeno militar: es también una expresión de las estructuras de poder global. Comprender sus múltiples dimensiones es el primer paso para construir alternativas más justas y sostenibles.
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